Nació
en la casa Igarondo. El padre era secretario y, cuando él
tenía un año, toda la familia se fue a vivir a Beasain.
Se ordenó sacerdote y, en 1918, fue nombrado obispo de Burgo
de Osma, en 1924 de Pamplona y en 1928 de Vitoria (la provincia
de Gipuzkoa también formaba parte de su diócesis).
Vivió en ese puesto los turbulentos años de la 2ª
República y de la Guerra Civil , y no gozó de muy
buenas relaciones con los mandatarios de uno y otro lado.
Antes de la instauración de la república, y siguiendo
la tendencia tradicional de la Iglesia, reprobó la conducta
de las fuerzas políticas en su propósito de derrocar
a la monarquía. En ese contexto –en el que se creó
un ambiente contrario a la Iglesia- no resulta de extrañar
que, una vez implantada la república, las autoridades expatriaran
a Mateo Muxika y al cardenal Segura; fueron expulsados a Francia
en 1931, bajo la acusación de conspirar contra ella en compañía
de carlistas y nacionalistas. Regresó en 1933.
Se mostró partidario, aunque no directamente, del proceso
abierto para lograr el estatuto de autonomía. Por otra parte,
trabajó a favor de la cultura vasca en el recién construido
seminario de Vitoria.
En 1936, cuando Franco se alzó contra las autoridades de
la República, Muxika, conforme con los claros postulados
de la Iglesia española, expresó que no era legítimo
apoyar la República. Aun así, cuando el movimiento
nacionalista cristiano de Euskal Herria (PNV) y los sacerdotes de
su entorno tomaron postura a favor de la República, Muxika
advirtió y denunció los excesos de los rebeldes. No
firmó en 1937 el manifiesto a favor del régimen de
Franco que había suscrito la casi totalidad de obispos de
España, siendo obligado por las autoridades civiles a dejar
su puesto de obispo.
Nuevamente tuvo que exiliarse (a Kanbo). Regresó en 1947
y vivió en Zarautz hasta su muerte.
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